Un retrato de Ángel Aragonés

Aún tengo una imagen viva del día que fui a conocer a Ángel Aragonés en un rincón del antiguo Madrid, (Pz. de la Cruz). No estaba en el suelo. Alcé la vista y le vi a quince metros encima de la acera, sobre unos andamios mientras ponía los últimos toques a un mural monumental que iluminaba una vía pública, por lo demás, desagradable, desgastada por el descuido y el deterioro urbano, sutilmente introducidas en la obra, recordando que en ese lugar se encontraba un teatro público importante en el Siglo de Oro. El hombre que sonreía esa fría mañana de invierno, por encima de los distraídos peatones, poseía una visión que le ha inducido a meterse tenazmente con los problemas más complejos que plantea el paisajismo urbano moderno. Esta pasión le ha conducido a Ángel Aragonés a pueblos grandes en la periferia de Madrid que han crecido de manera caótica durante las últimas cuatro décadas, y donde ha resuelto brillantemente retos espinosos planteados por la expansión urbana, donde él ha dejado su huella en fuentes, parques, plazas y paseos.

La dimensión social e histórica de la obra de Ángel Aragonés ha profundizado su reflexión constante sobre el papel del arte y el artista en una sociedad estorbada por las propias fuerzas que la hacen crecer: el crecimiento vertiginoso de la tecnología, el capitalismo tosco, y la democracia demagógica.

Los ideales artísticos y preocupaciones sociales de Ángel Aragonés van mano a mano con su peregrinaje como pintor, una actividad en la que su soledad medra lejos del mundanal ruido y la que invade su obra pública donde su creatividad, tiene que navegar las aguas turbulentas de la burocracia municipal y estatal y la irreflexión y avaricia de las empresas constructoras. Este artista habla con elocuencia y precisión. Su discurso descubre una atención extraordinaria a las fuerzas prerracionales que lo informan. Consciente del hecho de que su arte sea el hijo del tiempo y de la entropía, Ángel Aragonés conjuga un alfabeto material que está constantemente convirtiéndose, a través de un esfuerzo incesante, en obras de arte. Al oír hablar a Ángel Aragonés, uno alcanza una comprensión intelectual y cordial de su pintura. Para este señor, la palabra “arte”, techne, significa una lucha y un conflicto, el único terreno válido para encontrar la verdadera belleza y el terror que inevitablemente lleva consigo.

Ángel Aragonés vive la paradoja de un hombre consciente de esas fuerzas predicativas que surgen del inconsciente y que él invita con temeridad a atravesar a empujones en su proceso creativo; pero no sin ironía y juego y una obediencia dictada por la humildad, el fertilizante de su experiencia del misterio del ser. Su sentido de la historia y su sensibilidad para con la forma le despiertan doblemente a la extraña interacción de lo diacrónico y lo sincrónico, y de la individualidad.

Ángel Aragonés ha rechazado las modas, un obstáculo a la búsqueda del artista. Libre de las tentaciones del mercado como pintor, ha ofrecido sus creaciones al mercado a través de sus obras públicas, movido por sus necesidades y las de su prójimo. La mente inquieta de Ángel Aragonés sigue buscando, equidistante de la disciplina y la imaginación, e íntimamente cerca del medio material de su arte. Los cuadros y diseño gráfico de Ángel Aragonés exploran sin cesar la informe confusión de la imaginación donde yace el abismo interior, fuente de terror y reposo, la nada que es paradójicamente la fuente de la creación. Absolutamente consciente del hecho de que detrás de toda así llamada relatividad yace oculto el absoluto inalcanzable, la fuente secreta del proceso creativo. En su mejor obra, Ángel Aragonés ha entrado osado en la tempestad del ser y ha encontrado la serenidad en el centro de esa tempestad.

Antonio Regalado

Catedrático Emérito de New York University
Junio 1997.

}}